Construir un mundo nuevo


“No cometerá maldades ni dirá mentiras; no hallará en su boca una lengua embustera. Permanecerán tranquilos y descansarán sin que nadie los moleste”.

El profeta Sofonías nos habla de un nuevo mundo, de una nueva humanidad que el Señor va a realizar. Este sueño de la nueva humanidad es una ilusión que el hombre ha tenido siempre muy dentro de su corazón. En especial es el anhelo de todos los hombres de nuestro tiempo, quizá porque como nunca antes, hemos podido ver la cantidad de miserias de las que el ser humano es capaz: el hambre, la guerra, la injusticia, la opulencia. Todos hemos estado buscando un mundo nuevo; éste ha sido el signo que ha abanderado prácticamente a todas las ideologías modernas: las filosofías de tipo comunista, las de tipo existencialista, las de tipo personalista.

Sin embargo, esta sed de un cambio choca una y otra vez con una misma realidad: la miseria y el egoísmo del hombre, que sólo nos llevan a la desesperación y a la desilusión. Basta ver la prensa para poder decir: ¿No tendríamos más motivos para desilusionarnos que para animarnos por la búsqueda de este mundo nuevo? Y así vemos cómo muchas personas que toman el camino de conseguir o buscar un mundo nuevo, el que acaban por seguir es el de la separación, del aislamiento, de la indiferencia. ¿Acaso la condición humana está reñida con la posibilidad de un mundo sin envidias, sin engaños, sin mentiras? ¿Dónde está este mundo? ¿Existe en alguna parte?

Cristo, en el Evangelio, nos habla de dos tipos de personas. Unos, los que se creen justos, que piensan que tienen todas las soluciones en las manos, pero que son invitados a trabajar en la viña de Dios y no van. Otros, los que caen, los que tienen debilidades y miserias, pero que se arrepienten y van. Éstos últimos, ayudados con la gracia de Dios, son los que construyen un mundo nuevo. Y son capaces de hacerlo porque han sabido encontrar el lugar donde está este mundo nuevo: en el propio corazón redimido por Cristo. Ahí está el mundo nuevo que Cristo nos da; ahí está la nueva humanidad que el Señor viene a realizar. Y lo hace de una forma muy especial a través de su Carne y su Sangre. Cristo Hombre, y al mismo tiempo Dios, se convierte para nosotros en la garantía de que ese mundo nuevo se puede construir en el corazón del ser humano.

Obviamente que este mundo nuevo no va a ser simplemente circunstancias de tipo social externo, sino que esas circunstancias sociales van a ser la consecuencia de este mundo nuevo. El mundo nuevo no va a ser algo que se produce por fuera con el trabajo de los hombres, sino que sólo es posible producirlo con la conversión de los corazones, que es el principal mensaje de Adviento: el hombre que espera a Dios en su corazón.

 

El reto  es el dar a Cristo la posibilidad auténtica de que nazca en nuestro interior, aunque veamos a nuestro alrededor las cosas iguales o peores, a pesar de que en nuestro interior existan sentimientos de desánimo, de obscuridad o de desaliento. Que Cristo nazca en nuestros corazones es permitir en nuestra vida un mundo nuevo, y realizar este sueño está en nuestras manos.

Cipriano Sanchez
Padre Cipriano Sanchez

 Dirá Jesús en el Evangelio de San Mateo: “[…] ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”. Es decir, la clave está en arrepentirse y en creer. Únicamente un alma arrepentida, un corazón con fe puede recibir a Cristo. Cuando nos decidimos a poner nuestra vida en Cristo, lo que implica arrepentirse, cambiar y creer en el Señor, puede Él nacer en nuestro corazón. No olvidemos que lograrlo depende de nuestra libertad, de que escuchemos y sigamos la voz de Dios, independientemente de las circunstancias interiores y exteriores que haya en mi persona o en mi ambiente. Lo importante es ir a trabajar a la Viña, arrepintiéndose y creyendo en Dios.

 Autor: Padre Cipriano Sánchez

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Publicado por

Alberto B

Cursillista desde 2006

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