La bendición y la adoración

2626 La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición.

2627 Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido; cf Ef 1, 3-14; 2 Co 1, 3-7; 1 P 1, 3-9); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo, desciende de junto al Padre (es Él quien nos bendice; cf 2 Co 13, 13; Rm 15, 5-6. 13; Ef 6, 23-24).

2628 La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14, 9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre […] mayor” (San Agustín, Enarratio in Psalmum 62, 16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas.

El Hijo eterno

Cirilo toma en cuenta a sus oyentes venidos del arrianismo o tentados por él cuando escribe: “Tengamos, pues, fe en el Hijo de dios, nacido, Dios verdadero, del Padre, porque el verdadero no engendra la mentira. Tampoco dudó, engendró: pero  engendró eternamente y más rápidamente que producimos palabras y pensamientos… Nosotros que hablamos en el tiempo, empleamos el tiempo, mientras que para la fuerza divina, la generación traspasa el tiempo” (cat. XI, 16).

Luego, Cirilo nos ofrece un sugestivo comentario de Jn 10, 30: “El Padre y yo somos uno” (cat. XI, 16). Uno por causa de la gloria que conviene a la divinidad: Dios ha engendrado a Dios. Uno por causa de la Realeza: el Padre no tiene unos súbditos y el Hijo otros súbditos, como Absalón oponiéndose a su padre: sino los súbditos del Padre son igualmente los súbditos del Hijo. Uno, puesto que las obras de Cristo no son de clase y de otra las del Padre; no hay sino una creación universal, hecha por e Padre a través del Hijo (tou patros dia huiou pepoièkotos).

Además, contra la tentación moralista, Cirilo precisa: “no es Padre quie se ha encarnado, sino el Hijo… El Padre no sufrió por nosotros sino que el Padre envió a Aquél que sufrió por nosotros”. No se puede excluir aquí una alusión a Orígenes para corregirlo. Así se expresa Cirilo en su onceava catequesis bautismal (17).

Creo en Dios Padre

En la cuarta catequesis bautismal san Cirilo de Jerusalén (pensando especialmente en los gnósticos, en los maniqueos y en los arrianos) se expresa en lo que llama él mismo un “breve resumen de los dogmas esenciales”: “Que nuestra alma reciba primeramente el dogma fundamental que concierne a  Dios, no hay más que un Dios, uno solo, sin nacimiento, sin comienzo, sin cambio ni mutación. No ha sido engendrado por otro,  no existe otro ser para tomar la sucesión de su vida. No ha comenzado a vivir en el tiempo, no existe, tampoco, fecha en la que termine. Es a la vez bueno y justo. Aquel que hace las almas y los cuerpos, el único autor del cielo y de la tierra. Autor de una multitud de criaturas, pero Padre de uno solo antes de todos los siglos, de uno solo que es Jesucristo, por quien hizo todas las cosas, las visibles y las invisibles”.

La Fe (parte 2)

Mucho antes que Agustín, en Cirilo de Jerusalén, a partir de 348, remarcamos el nexo entre profesión de fe de la Iglesia particular – “creemos” y su objeto: “la Iglesia universal”: “creemos […] en una sola santa Iglesia católica”. Dicho de otra manera; nosotros, que escuchamos unos frente a otros nuestras profesiones de fe, vemos con “los ojos de la fe” lo que nuestros sentidos no nos permiten ver o escuchar: la fe de la Iglesia universal, esta Iglesia que condiciona todas las Iglesias particulares.

La Fe.

El Símbolo de los Apóstoles expresa la fe de las Iglesias cristianas. Aparece alrededor de 170 después de Cristo. Sus diferentes versiones comienzan invariablemente por una afirmación de fe, individual (Credo) o colectiva (Credimus): creo, creemos. Ninguna contradicción: el bautizado cree en el misterio de Cristo en tanto que miembro de la Iglesia, gracias a ella, a causa de su testimonio; mucho antes, San Agustín, podía decir: sin la Iglesia, no creería en el Evangelio”.

LA OPCIÓN POR LOS POBRES E INDEFENSOS

Una prueba moral básica es cómo les va a los miembros más indefensos. En una sociedad marcada por divisiones cada vez más agudas entre ricos y pobres, nuestra tradición recuerda la historia del Juicio Final (Mt. 25:31-46) y nos enseña a preocuparnos primero por las necesidades de los pobres e indefensos.

EL LLAMADO A LA FAMILIA, A LA COMUNIDAD Y A LA PARTICIPACION

La persona no sólo es sagrada sino tambien social. La manera en que organizamos nuestro sociedad-en lo económico y lo político, en leyes y políticas-afecta directamente la dignidad humana y la capacidad de los individuos para crecer en comunidad. El matrimonio y la familia son las instituciones centrales de la sociedad y éstas deben ser apoyadas y no minadas. Creemos que todas las personas tienen el derecho y el deber de participar en la sociedad buscando juntas el bien común y el bienestar para todos, especialmente para los pobres e indefensos.